Alterados

| - Isa 5 febrero, 2016

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Vivimos sin duda en un país alterado. La gente cada vez está más inmersa en su esfera ”segura” y solamente deja pasar a aquellos que le conviene pero a los demás no los toma ni siquiera en cuenta.

Por Isa

La rapidez con la que suceden las cosas, el poco tiempo que queda para realmente vivir y la continua competencia, ha ido, a mi parecer, transformando al hombre en un ser poco empático, egocéntrico y sobre todo, alterado. Una persona que con la mínima provocación reacciona de manera violenta. ¿No me creen? Sólo sean espectadores en un cruce de autos; vean las reacciones que tienen los conductores, los peatones no se quedan atrás pues reaccionan de manera negativa e inclusive prepotente exigiendo pasar cuando no deben y bueno ¡los ciclistas! que también sienten que traen un microbús y nada puede detenerlos.

Ojo, no digo que todos sean así, pero en horas pico sacamos el monstruo interior y nos convertimos en la peor versión de nosotros mismos. Una amiga alguna vez comentó que su abuela o su mamá le dijo que en realidad esa versión de nosotros que sacamos en esos momentos es nuestra “versión real”, la del inconsciente que tratamos de ocultar diariamente.

Pero bueno, ¿por qué digo que vivimos en un país de alterados? Recuerdo que no hace mucho la gente saludaba cuando se encontraban en un mismo punto o bien, si sucedía algo, trataban de ayudar. Al menos yo trato de continuar esa costumbre que me enseñaron mis padres y que me resulta un principio básico de socialización.

Pues bien, aquí mi historia. El fin de semana fui a una kermés de la escuela de mis sobrinos y como no había mesas (todas estaban ocupadas con mochilas y suéteres; seguramente estaban muy cansados, ¡ja!) decidimos sentarnos en unas bancas. En eso llegó una familia a un costado mío, yo les daba la espalda así que no vi lo que hacían. De repente cuando me paro, veo que hay refresco tirado encima del cuento de mi hija y para colmo la lata estaba encima de éste y el charco estaba llegando a mi. Por dentro obvio me molesté, por el hecho de que ni siquiera fueron capaces de decirme “oye perdón, se me cayó el refresco y mojé esto” ¡NO, las “doñitas” ni siquiera se inmutaron y no me dijeron nada para prevenir que no me mojara a causa de su accidente. Realmente estaba molesta por ese hecho de apatía y estar en su “esfera” y no inmutarse de lo que sucede al del junto.

En fin, me levanté y le dije “oye se te cayó esto” y antes de terminar la frase la señora me gritó “fue un accidente ¿que no ves o no sabes?” y le dije “pues sí, está bien, pero al menos avísame, mojaron el cuento y casi me mojo yo” y la señora me seguía diciendo de cosas pero ni siquiera fue para darme una disculpa o levantar su lata. Sólo se acercó a su grupito y siguió reclamando. Su hija (ya mayorcita de unos 40 años) ni siquiera volteó a ver o defender en dado caso a su mamá, sólo cuando se acercó ésta, torció los ojos y me dio una mirada fulminante. Simplemente moví la cabeza en negación y frustración.

¿Será que exagero con esto de vivir inmersos en nuestra esfera? No lo creo y considero que esto es algo que, sin darnos cuenta, estamos transmitiendo a nuestros hijos y eso me parece ¡lo peor! No les estamos enseñando a respetar, tolerar, ser empáticos, disciplinados y defender por “la buena” sus causas. Simplemente los estamos haciendo unos pequeños seres que hacen lo que quieren, no respetan a los demás niños y definitivamente, sin límites.

Esto de sin límites me recuerda otra situación que vivimos en la que estábamos en un restaurante con unos amigos y los niños subieron a los juegos. De repente llegaron las niñas tristes porque un niño les dijo que ellas no podían subir y eran unas zoquetes. ¿Qué?, me quedé pensando y le dije a las niñas, “ustedes no son eso, por supuesto que pueden subir al juego y cuando alguien les diga cosas feas, no hagan caso pues ustedes obviamente no son lo que les estaban diciendo; pueden jugar y compartir y si las vuelven a ofender, dígannos para hablar con los papás del niño”. Claramente el niño continuó con la mala actitud pero ahora hacía más niños, los papás de éstos reaccionaron igual a nosotros. Pero definitivamente ya nadie estuvo a gusto.

Volviendo al fin de semana, viví la típica situación del elevador donde todos fingen estar solos o ver a la nada. Yo, como siempre, entré y dije “buenos días” y nadie contestó, ni siquiera volteó a ver. Y como no obtuve respuesta, pues me contesté yo sola “¡ah buenos días también!”, al escuchar mi diálogo, un señor se río. ¿Estoy mal?, ¿tengo síndrome de protagonismo? o simplemente la gente ya se olvidó de los buenos modales?

Lo peor es cuando estas situaciones se transportan a la familia; cuando el papá/mamá está tan cansado que ignora a sus hijos o salen a comer y piden sólo para ellos o bien para no discutir y seguir siendo los “buena onda” le permiten todo a sus hijos y no les enseñan lo básico, inclusive les celebran los malos modos.

Así podría contarles otras situaciones que me retan a seguir con mi filosofía de “ser educados” que me enseñaron en casa. Ser respetuosos y entender que existen más personas en este mundo (trabajo, escuela, casa, etc.) no nos hace ni débiles ni tontos. Nos hace ser personas de bien y así es cómo debemos educar a las generaciones que nos siguen. A ser personas de bien, porque este mundo ya está bastante “atacado” como para seguir produciendo maquinitas alteradas.