De dientes para afuera

| - Isa 12 junio, 2015

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El otro día estaba tomando un café con una amiga que hace mucho no veía. Pasamos horas platicando, poniéndonos al tanto de lo que sucedía en nuestras vidas, y eso que teníamos como el trailer de cada una gracias al Facebook; pero aún así necesitábamos platicarlo.

De repente, como suele suceder, comenzamos a llegar a un punto de la conversación donde fue poniéndose cada vez más seria y profunda, vamos no es que lo otro no lo haya sido, pero siempre vamos de lo banal a lo serio y de ahí regresamos a lo banal como para relajar el cerebro de tanta información.

Despúes de unos cafés más, finalmente nos despedimos. De regreso a casa, mientras manejaba, mi mente seguía girando sin descansar, pensando en todo lo que platicamos y sobre todo en los consejos que di. Y otra vez como siempre, me percaté que es muy sencillo “hablar de dientes para fuera”. No quiero decir que los consejos que di eran sólo por decir algo, me refiero a que muchas veces caemos en la tentación de recomendar algo con la creencia que es lo mejor para esa persona o situación, pero cuando tú te encuentras en esa misma circunstancia, simplemente te “haces de la vista gorda” y no tomas tus propios consejos.

De aquí la importancia de escucharnos y entendernos. Diariamente estamos expuestos a mil y un tipo de ruido visual y auditivo que nos distrae de nuestros pensamientos. Queremos estar en todo y hacerlo bien. Pero este ritmo acelerado que llevamos no nos permite tomar un tiempo real de introspección, de ver qué hemos hecho y cómo nos sentimos al respecto. ¿Te has preguntado cómo te sientes hoy?, no lo creo, simplemente vivimos la vida como viene y no la vivimos como debe de ser. Hay quienes dicen que sobrevivimos la vida.

Y justo en este punto es cuando tu vaso se va llenando cada vez más al punto que explotas con lo que sea, haciendo o diciendo cosas que no querías haber dicho/hecho y lo peor hiriendo a alguien más, gastando el dinero que no tienes o consumiendo (abusando) de sustancias nocivas.

Podrás jactarte de tolerante, pero todos tenemos un límite y si no te percatas de ello, tu cuerpo será quien te dé esas señales de “hasta aquí llego”. ¿No me crees? A tu alrededor, cuánta gente ves que se queja de algún dolor físico, que deja de comer o bien no puede dejar de hacerlo, que padece insomnio, dolor de cabeza, estómago o simplemente tiene ganas de llorar. ¿Cuántos junto a ti sienten una pesadez y no saben siquiera cómo explicarla?

La sociedad cada vez está más enferma, por así decirlo (y no, no soy fatalista o ave de mal agüero). Estamos tan metidos en la cotidianeidad que nos ciega por momentos y nos engaña creyendo que estamos bien. Lo malo es que esta vibración se contagia y si tú no andas bien, es fácil “que caigas” en esta sintonía. ¿Por qué creen que está tan de moda los psicólogos para perros o, peor aún, niños de siete años con síntomas de ansiedad?

Siempre he creído que el cambio está en uno, claro que no es sencillo, pero sí es posible. Todo es cuestión de reprogramarte, se dice que al repetir una acción por 21 días se convierte en hábito. Entonces, comencemos dejando espacios libres… LIBRES… en nuestras agendas, cuyo propósito es simplemente tener un momento para ti, para descansar y que tu cuerpo se recargue; para darle tiempo al ocio y descubrir de lo que eres capaz.

Dedicate más tiempo de calidad y no dejes para después la visita con el dentista o cualquier otro doctor por tu creencia de “ya se me pasará” porque no es así, cuando comienzas a tener sintómas es porque tu cuerpo te está gritando “hazme caso”.

Te invito a que la próxima vez que te sientas fatigada, mal o con sensación incómoda, hagas una plática con tu mejor amiga, o sea contigo, para que desde lo más profundo te aconsejes y veas qué es lo mejor para ti en ese momento. Hazte caso y apapáchate más seguido.