Ese monstruo que eres tú

| - Roberto Morán 10 noviembre, 2015

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¿Quién se gastó los ahorros con los que iba a abrir un negocio?

Por Roberto Morán

No tienen una idea de lo culto, tranquilo y civilizado que soy. Voy caminando por las calles de la colonia Roma, pensando en cómo la comida orgánica podría ayudar a resolver el problema de la contaminación en México y en lo bonita que es la arquitectura en esa zona… y cuando estoy cruzando una calle, una camioneta da vuelta a la derecha sin fijarse (y sin respetar el reglamento, que dice que los peatones tenemos preferencia) y le pego con mi manita. El chofer, claro, abre la ventana y empieza a gritarme improperios. Palabrita esta la de “improperios” que, obviamente, él no conoce pero que yo, como soy civilizado, sí se usar.

Y hasta ahí terminó lo civilizado que soy. Si algo odio más que los que dan la vuelta a la derecha sin darle paso al peatón es a los que se molestan porque uno les pega con su manita de carne y hueso a sus coches de una tonelada de metal. Así que me pongo a gritar improperios también yo, y unos improperios que él seguro sí conoce.

¿Por qué les cuento todo esto, además de para desahogarme? Porque yo me creo muy culto, tranquilo y civilizado, pero el pleito que me aventé no parece confirmarlo. Por más que le gritaba al señor que leyera el reglamento y que después fuera a saludar a su mamá (bueno, se lo dije de otra manera), una parte de mí sabía que eso no tenía sentido, que ese método pedagógico nunca iba a funcionar para enseñarlo a manejar y que nunca ha sido de provecho gritarse en la calle, ni siquiera con alguien que sepa el significado de la palabra “improperio”.

Pero esa parte de mí no podía hacer nada para tranquilizarme. Ahí pude ver en acción los dos sistemas de pensamiento que todos tenemos. Como lo explica el Premio Nobel de Economía, Daniel Kahneman, un sistema de nuestra mente es súper tranquilo, analítico y lento, muy lento, tanto que casi siempre deja que el otro sistema, el acelerado, emotivo y arrebatado, tome las decisiones.

Muchos de nosotros quisiéramos ser emprendedores, porque ya no aguantamos a ese jefe insoportable que tenemos. Nuestro sistema analítico sabe lo que hay que hacer: prepararse, estudiar el mercado y empezar a ahorrar para los gastos iniciales. “¡Juar, juar!”, piensa tu sistema analítico, “cuando ya tenga todo listo me independizo de este jefe horroroso y pongo mi propio negocio. La mejor venganza es vivir bien”.

Ya tiene la fecha, ya está viendo locales y pensando en su estrategia de mercadotecnia. Pero un día, llega el jefe horrendo y grita: “Morán, te toca quedarte de guardia el próximo 20 de noviembre, por si alguien tiene una queja sobre nuestro producto”. Al jefe no le importa que yo no estoy en esa área, que en la empresa no se hacen guardias, que esto y que lo otro. Pero yo tengo que obedecer. Me emberrincho tanto que en el Buen Fin me gasto todos los ahorros y en el siguiente fin de semana, me endeudo para pagar la borrachera con la que me voy a consolar. ¿Ya entendieron cómo funciona el otro sistema del cerebro?

El impulsivo toma el control cuando cree que hay que actuar en el momento. Es que hay veces en que no hay que dejarle el control al sistema analítico. Imagínense que viene un camión cuando ustedes están cruzando la calle. El sistema analítico pensaría: “ah, trae placas de Tlaxcala, esos manejan muy bien, no me va a aplastar.

Pero viene muy rápido, tal vez a 65 kilómetros por hora. ¿Sabrá que eso no está permiti…?” Obviamente, por eso el sistema impulsivo debe controlarnos y hacernos brincar.

Pero no se vale que el sistema impulsivo nos domine cuando tenemos planes de largo plazo. Vamos a un ejemplo más. Éste lo dijo Kahneman en su discurso para recibir el Premio Nobel.

¡Sht! ¡Pongan atención! Un bate y una bola de beisbol cuestan $1.10 dólares entre los dos. El bate cuesta 1 dólar más que la bola. ¿Cuánto cuesta la bola? Casi todos contestamos en automático que la bola cuesta 10 centavos. Pero si la bola costara 10 centavos, y el bate un dólar más, la suma sería: 0.1 + (0.1 + 1) = 1.20. ¿Qué pasó? Que entró en funcionamiento nuestro sistema intuitivo e impulsivo, que Kahneman llama el sistema uno. El sistema analítico, el dos, está con su pachorra, desconectado y analizando las cosas para más tarde. Y él sabe que la respuesta correcta es cinco centavos. Si no me creen, hagan la suma.

Pero más tarde será demasiado tarde y ya el sistema uno nos habrá hecho que nos gastemos todos nuestros ahorros para nuestro negocio.

Lo que podríamos sacar como aprendizaje es que hay que cuidar que lo que el sistema analítico decidió se respete, aún cuando el sistema uno llegue con sus patotas a querer destruir todo. ¿Cómo?

Cuando el sistema analítico está en control, cuando somos esos seres cultos, tranquilos y civilizados, debemos pensar qué pasará también cuando nuestro sistema impulsivo tome el volante. O sea que si tenemos unos ahorros para nuestro negocio o para nuestro retiro, no tenemos que dejarlos a la vista, de manera que no los vaya a agarrar nuestro monstruo interior, cuando quiera desquitarse del mundo. Tan sencillo como eso: ¡quítenle las tarjetas del banco a ese ser vengativo en el que se pueden convertir!

O, en mi caso, tendría que ponerme algo en la mano para acordarme que no es para golpear coches. Y de alguna manera, antes de salir de mi casa, amarrarme algún trapito que me recuerde que en México (y en Italia, Perú o Turquía) esa regla de que los peatones tienen preferencia al cruzar las calles es sólo un buen deseo del legislador. Así podré conservar mi reputación de civilizado y mis huesitos.