Las cosas que me enseñó Esperanza

| - Sofia Villa Boy 19 diciembre, 2015

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Por Sofía Villa Boy

No es que me dedique a la quema de brasieres o que crea que las mujeres son más fregonas que los hombres. Para nada. Lo que sí es cierto es que para bien o para mal, he conocido muchas mujeres muy admirables y vale la pena mencionarlas. Una de ellas fue mi abuela, la mamá de mi mamá.

Esa señora, que formaba parte de mi lista de personas favoritas, hubiera cumplido 75 años hace algunos días e inevitablemente me he acordado mucho de ella.

Mi mamá en algún momento me dio a entender que había una Esperanza casada y una Esperanza viuda. Yo conocí solamente a la Esperanza post-abuelo y creo que fue una gran versión.

Mi abuela enviudó a los 48 años, con cuatro hijos, de los cuales dos o tres seguían en la universidad y una estaba a punto de casarse. No terminó la prepa porque la SEP no quiso revalidarle los años que estudió en Estados Unidos, pero le consiguieron entrar como oyente a algunas clases y de una u otra forma logró estudios comerciales. Eso, y su status de mujer viuda sin bebés, le ganaron un puesto como secretaria en Inverlat, por aquello de la rotación de personal. Ahí trabajó por 20 años, adoptando nietos y haciendo muchos amigos. Así, ella tenía sus 10 nietos de sangre y chorro mil de cariño, entre ellos, una que otra amiga de mi hermana o mía.

La abuela que yo conocí, siempre trabajó. Reservaba cada jueves para jugar póker con sus amigas y se iba de viaje cuándo y a dónde se le antojara. Tenía sus prioridades bien acomodadas y siempre estuvo ahí para nosotros. Los domingos de pijamada en su casa siempre incluían hot cakes con forma de Mickey Mouse y jugo de naranja, misa, películas y salidas al jardín con mis primos. Nos enseñó todos los juegos de mesa que sé porque se sentó a jugar mil veces con nosotros, aunque uno que otro se ardiera y aventara el tablero. Tampoco le importaba que yo sacara TODA la vajilla para “jugar al restaurante” en las comidas de los domingos.

Me enseñó varias de las recetas prácticas y salvadoras que uso cuando quiero verme muy bien en alguna reunión; las otras se las enseñó a mi mamá y procuraré aprenderlas pronto. Cabe destacar que sus recetas no son de medidas milimétricas, como las de mi mamá. Todas son de tanteos y no tenía fórmulas exactas para nada, un poco como creo yo que le gustaba vivir. Se fue adaptando a las diferentes situaciones por las que pasamos como familia y siempre procuró mantenernos a todos en la misma mesa, a pesar de que somos muy distintos y no hay dos que piensen igual.

Ya más grande, platicaba mucho con ella y me contaba las historias de nuestra familia, de sus viajes, de su trabajo. También escuchó siempre mis dramas, preocupaciones, sueños y planes. Entre toda su sabiduría, mi abue tenía una frase que procuro recordar, en especial en las etapas de mi vida en que me quiero comer al mundo y siento como que me va a dar indigestión: “a cada día su quehacer”. Traducción para los histéricos, los que sufren una crisis existencial por la edad, por la carrera o por cualquier cosa o para quien esté pasando por un momento difícil: paso a paso, una cosa a la vez y un día cada día. De nada sirve angustiarse por todo aquello que ni ha pasado ni va a pasar. Puedo decir con certeza que fue la fórmula que usó para salir adelante cuando perdió a mi abuelo y que la llevó a ser muy feliz los siguientes 20 años, a pesar de todas las dificultades subsecuentes.

Últimamente, cuando todo parece fuera de lugar y tengo muchas cosas que resolver, intento tener muy presente ese consejo porque sinceramente creo que para llegar a Z, hay que empezar por A, B y C. Así, hasta llegar. En pocas palabras, mi abuela era una dama de esas fregonas que existen por ahí, que disfrutan la vida en sus términos y contagian su alegría. Para mí, fue un honor ser su nieta.