Lo que se hace por amor

| - Ana Perez Cristo 3 julio, 2015

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Mi abuelita murió hace menos de dos meses. Puedo decir que la etapa de “dolor” ha pasado, aunque sin duda la extraño. Es una persona que dejó mucho no sólo en mi vida sino en todas los que llegaron a conocerla.

Les quiero contar un poco de la viejecita achacosa (como le decía de cariño) que a sus 90 años era la MÁS mitotera del mundo. Mi abuela sabía todos los chismes de la familia – incluso lo que no sabíamos que sabía; era siempre la primera en apuntarse para la fiesta y las disfrutaba hasta más que “los jóvenes”.

Ir a comer a su casa significaba salir empachada. Ella no tenía pelos en la lengua y podía ser “un poco” imprudente, su excusa: a su edad tenía derecho de decir cualquier cosa. Decía que había perdido un poco el oído, pero yo creo que padecía de audición selectiva: oía lo que le convenía. Era una amante de las compritas: una dama distinguida y popular en los miércoles de plaza de la Comercial Mexicana y los jueves de mercado, donde tenía a sus marchantes cuidadosamente seleccionados. Un detalle muy importante es que los viernes no teníamos abuela, sólo los viernes, porque por nada del mundo faltaba a sus reuniones de póquer y tequilitas con sus amigas.

Este gran personaje, padeció diabetes por más de seis años, así que requería una diálisis a la cual se negó todo lo que pudo. Odiaba los hospitales y a su edad, se había ganado el derecho de hacer o deshacer lo que le diera la gana.

Sin embargo, en abril José Eduardo (un gran ser humano ADORADO por mi abuela) me propuso matrimonio. Claro que mi viejita consentida estuvo presente en toda la fiesta y aguantó como campeona hasta las tres de la mañana – resistió más que yo, tengo que confesar. Recuerdo perfecto el momento en el que me abrazó y me prometió estar en mi boda.

Días después, en una de sus consultas regulares sospecho que sus exámenes no salieron del todo bien porque decidió enfrentar uno de sus más grandes miedos: dializarse. Ese día por la noche falleció.

Falleció sin siquiera darse cuenta de lo que había pasado, sin que nada la molestara. Aunque el desenlace de esta historia podría no parecer feliz, sólo me queda pensar: ¿Así o más chingona mi abuelita? Perdón por mi francés, pero no hay otra forma de decirlo. Murió enfrentando su mayor miedo sólo por cumplir un sueño. Mi sueño, compartido con ella.

Me queda claro que desde el cielo sigue y seguirá haciendo de las suyas. Aunque no estaba previsto, la única fecha disponible en EL jardín que queríamos para la boda era el 13 de febrero, dado que me caso por la tarde, la fiesta seguirá hasta el 14, fecha oficial de su cumpleaños. Repito: ¿Así o más mitotera? No está más por estos rumbos, pero aquí sigue metiendo su cuchara y sazonando mi boda. Al menos, me gusta creer que es así.

Sé que hizo todo lo posible por estar conmigo ese día, incluso enfrentó un miedo que llevaba más de seis años evadiendo, el amor no es cumplir promesas, sino ir más allá y correr los riesgos que implica querer a alguien.